Unos meses antes de cumplir mis 20 años, mi papá se quedó ciego, y eso dio vueltas a mi vida para siempre.
Durante esos primeros dos años tuve que ocupar ciertos roles para los que no estaba preparado. Los días me parecían dobles, y me quedaba duro de la espalda.
Mi vida se repartía entre ir a la empresa familiar, la facultad e ir a vóley. Recuerdo claramente que había días en los que me daban tirones en la espalda y me caía al piso del dolor. No podía dormir, me dolía todo. Podría haber tenido un diagnóstico de fibromialgia tranquilamente.
Luego de pasar por distintos kinesiólogos, conocí a mi primera masajista, Mariana (también kinesióloga). Iba todas las semanas y trabajaba durante 90 minutos. Yo llegaba a su consultorio y ya me dolían la mitad de las cosas. Poco a poco, fui sintiendo menos dolor, más movilidad y empecé a hacer ejercicios para estar mejor.
Llegar al yoga a mis 22
Rosy es una maestra con una mirada única sobre el proceso del yoga, buscando siempre potenciar a sus alumnos, desafiarlos a estar mejor, a escucharse más, a expandir sus límites y a entrenar su ser en la meditación a través del cuerpo y el movimiento.
Luego de dos años de mucho trabajo y compromiso con la práctica, empecé a sentir realmente mi cuerpo con libertad y sin dolores. Con ella me formé como profesor de yoga durante seis años, en un acompañamiento maestro-discípulo que me transformó para siempre. Tuve otros maestros de yoga, incluso viajé a India, pero lo que aprendí con Rosy no lo cambio por nada. Fue ella quien me propuso estudiar Shiatsu cuando le dije que quería estudiar masajes.
Empezar a estudiar Zen Shiatsu a mis 23
Así fue como empecé a formarme en Zen Shiatsu con Eiji Mino Sensei, maestro japonés que se formó con el creador de la técnica, Masunaga Sensei. Es una línea clásica de Shiatsu que incorpora la medicina china como elemento de diagnóstico y tratamiento.
Fue una carrera de tres años donde, además de las manipulaciones de Shiatsu, la teoría y práctica de medicina china, también veíamos anatomía, fisiología y psicología.
Esta es una técnica basada en el principio del Tao, donde la salud se restablece no en base a la acción del terapeuta, sino a ir trabajando las tensiones que bloquean el fluir de la energía. Así, mi salud dio una especie de salto cuántico. Empezar a ver teoría y recibir masajes todas las semanas me permitió ir entendiendo qué pasaba en mi cuerpo.
A mis 24 llego a la expresión corporal
Empecé a bailar en un grupo de Danza Comunitaria, «Bailarines Toda la Vida». Fue un grupo que transformó mi forma de ver la vida y la expresión. Recuerdo que terminé el primer encuentro llorando. A las dos semanas ya estaba bailando en un escenario, con vestuario y todo.
Ahí entendí: las personas de diferentes recorridos, edades, ideas políticas, creencias y más pueden entenderse a través del lenguaje del movimiento y la danza, sin palabras.
A mis 25 empiezo a dedicarme al yoga y al masaje
Con miedo, pero también con la certeza de que no era por ahí, renuncié a mi trabajo de oficina. Ese día mi papá brindó por mi libertad y así empecé una vida nueva. Daba clases a grupos reducidos y sesiones de Zen Shiatsu. Fueron varios años de mucho disfrute y aprendizaje en el arte de acompañar a las personas en su mejoría.
A los 26 conozco el Shiatsu Movimiento y el Tantra
Ese año fue transformador. Descubrí dos técnicas que, en principio, no entendía, pero que me hacían total sentido.
El Shiatsu Movimiento me gustó tanto que me embarqué en un postgrado de cuatro años con David Ventura, maestro español que se formó y fue parte del desarrollo de la técnica creada por Bill Palmer en Inglaterra.
Esta técnica fue una gran apertura para mí, ya que pude comprender que la medicina china y las prácticas de Shiatsu pueden expandirse y encontrar nuevas propuestas de abordaje.
Me mostró que el paciente puede sentir en su cuerpo y pedir lo que necesita, y que con eso es suficiente. Y muchísimas cosas más.
El Tantra me trajo una apertura a nuevas posibilidades vinculares, a trabajar las emociones en mí con una mirada no solo personal, sino también antropológica. Me enseñó sobre los vínculos, la comunicación y cómo entender y hablar de las @emociones para poder elaborarlas.
Seguir explorando
Los siguientes cuatro años fueron de seguir profundizando en estas técnicas que me hacían bien y compartirlas con otros. Desde sesiones individuales, clases regulares, charlas, talleres y hasta retiros, fueron algunas de las cosas que fui tomando y también compartiendo en esos años.
Dos cosas destacables en ese período:
- Hice un retiro intensivo de Escucha Biodinámica, donde aprendí la técnica de escucha y comprendí cómo el cuerpo se regula a sí mismo. Un terapeuta que acompaña sin juzgar puede traer muchos beneficios.
- Comencé la carrera de profesorado de Expresión Corporal Danza en la Universidad Nacional de las Artes en Argentina. A través del contacto y la sensopercepción, desarrollábamos lenguajes de movimiento, es decir, crear piezas de danza a partir de la expresión corporal. De ese proceso aprendí lo terapéutico que puede ser sentir el cuerpo y expresarnos desde ahí, incorporando estas herramientas a mi terapia.
Además, hice un proceso de dos años con la terapia bioenergética.
Finalmente, a mis 30 fui papá
Y con eso, obvio, llegaron muchos cambios. Por un lado, empezamos a preguntarnos cómo queríamos que fuera el parto y nos preparamos para eso con otra gran maestra, Gabi Sales. También trabajé en mí para acompañar a un niño desde una mirada respetuosa.
Decidimos irnos de la ciudad para vivir en un lugar más tranquilo, y empecé a compartir formaciones de Shiatsu por toda Argentina y países limítrofes.
Esto me llevó a estructurar un sistema de enseñanza que fuera flexible, pero que al mismo tiempo asegurara que quienes completaran el proceso tuvieran todos los recursos para acompañar a otros.
En estos ocho años hemos crecido como escuela: en propuestas formativas, en equipo docente, en alumnos y también en egresados.
En un próximo posteo te cuento más sobre cómo sigue la cosa.
